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C men historia de un nombre maldito

C-men: historia de un nombre maldito

Por: Abel Oliva (9 de abril de 2014)

En la ínsula surrealista en la que vivimos, las historias de Quijotes son de alguna manera incontables: desde trámites interminables para cambiar el nombre de un documento legal hasta colas increíbles para comprar condones. Y si sumas algo relacionado con sexo, condones y música «prohibida», entonces te encuentras con la condición de hacer una banda de rock y llamarla C-men.

Banda C-men censurada

C-men: historia de un nombre maldito. Foto: Abel Oliva

Cuando por el año 2001 cuatro amigos se reúnen alrededor de una botella de ron y concertan hacer una nueva banda para «partirle el cerebro a los medios», no imaginaban que el alcohol y el entusiasmo los haría pasar por una odisea de casi diez años para que el nombre de esta fuera aceptado en la empresa en la que poco después entrarían: el Centro Provincial de la Música (CPM) de Villa Clara.

Y es que gracias a que usando el favor de un proyecto que desaparecía (K.K), y que además tenía otro nombre conflictivo, logran hacer realidad el sueño de cada músico de rock cubano, pertenecer a una empresa, dígase compañía, dígase estar institucionalizados y así ganar algo de dinero por sus sueños.

Y en ese 2001 empieza el desmadre, porque la banda entra con dos pies izquierdos en dicha empresa: primero el nombre ya registrado es K.K, el cual es inmediatamente rechazado, y el segundo es que proponen inmediatamente el cambio a C-men, lo cual fue «aceptado» como un chiste de humor renegro.

Sin detenerse por este pequeño desacierto los músicos de C-men siguen haciendo conciertos sin preocuparse por lo del nombre hasta que les empieza a ser molesto que en cada programación oficial de la empresa apareciera K.K en vez de C-men, hecho que atentaba contra su público, pues sencillamente nadie sabía a ciencia cierta que era C-men y no K.K quien se presentaba en concierto.

Pensando que reparar el error era cosa de cinco minutos, una y otra vez se personaron en su empresa y expresaron verbalmente su decisión de cambiar el nombre. Al parecer solo encontraban oídos sordos.

En 2005 Abel Oliva toma las riendas de la banda y decide como prioridad legal número uno el cambio del nombre (aun aparecían en carteleras y catálogos como K.K). En ese momento Abel conoce el infierno de la burocracia cubana y específicamente del Instituto Cubano de la Música (ICM), a donde acudió en mas de una ocasión y, aunque recibió el mejor de los tratos, no obtuvo soluciones.

Entonces empezó la «batalla de las cartas», que duraría cinco largos años y donde como respuestas recibió desde «es que el nombre es obsceno» hasta «ya el problema está resuelto».

La banda durante todo ese tiempo colocó canciones en la radio y apareció en varios programas televisivos de carácter nacional y provincial sin ningún tipo de problemas debido al nombre, cosa que mostraba como pruebas una y otra vez.

Y es que la política burocrática del ICM y del CPM es altamente dogmática, donde si no eres de los que mas vende sencillamente te tiran a un lado, y donde trabajan personas que hacen su trabajo por pura inercia (como en muchas otras partes del país) y no se dan cuenta (o no quieren) de que ellos trabajan PARA LOS ARTISTAS y que sin estos dichas instituciones y empresas no tendrían razon de existencia.

Es como si el significado del doble sentido, de la parodia, del cubaneo, se hubiesen borrado de sus mentes, como si ese miedo a la censura los convirtiera a su vez en los guardianes del pudor y las buenas costumbres, como si explicarles una y otra vez que todo era un rejuego de palabras que signicaba Hombres Comunes (Commons Men) fuese algo diabólico, como si al final la sacrosanta palabra SEMEN no fuera de ordinaria mención cada vez que se habla en los medios de reproducción, educación sexual, problemas de disfunción sexual y un largo etcétera.

La paciencia de los músicos de C-men a lo largo de esos años es digna de un monumento, porque tener que aguantar tantas mentiras y desalientos no le restaron capacidad creativa, a pesar de la presión de saberse y sentirse engañados una y otra vez.

Cerca de cuatro años enviando cartas y recibiendo respuestas consoladoras, pero no reparadoras y afirmativas, fueron duros. A veces el asunto quedaba un poco a la deriva, porque ¿qué importa un nombre si lo que realmente interesa es la calidad de lo que haces?

Por ese tiempo, y aprovenchando la visita a Villa Clara del vicedirector del ICM, Abel se personó en una reunión a la cual no había sido invitado y allí planteó, ya con cansancio pero con furia, lo del cambio del nombre. Respuesta: «yo no sabía nada de ese asunto». De mas está decir la sorpresa de Abel, porque todo parecía un chiste de mal gusto, pero recibió el compromiso de que esa vez el cambio se haría inmediato, solo debía remitir formalmente y por escrito la solicitud al ICM, cosa que hizo de inmediato al día siguiente.

Y ¿saben qué? Otra vez los obstáculos, pues remitió la solicitud a través del CPM y de allí a la espera de la respuesta. Un día le decían que ya la solicitud estaba para La Habana, otro que «¿de qué solicitud hablas tú?» y un tercero «pero esa solicitud no ha salido para La Habana». Como para morirse literalmente de rabia, impotencia o de amarga risa.

Un año después del encuentro con el vice del ICM, al fin recibe mediante respuesta escrita y formal que el cambio de nombre ya era un hecho. Después de cinco largos años, al fin la banda tenía el derecho de llamarse C-men.

Los problemas no terminarían allí, sino que continuarían debido al cambio de integrantes en la agrupación y la resistencia del ICM a darles entrada en el CPM. Pero ya eso forma parte de otra de las historias fantásticas de «C-men contra el monstruo burocrático cubano».






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