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Le debo una cronica a X Alfonso

Le debo una crónica a X Alfonso

Por: Roberto Reyes (21 de febrero de 2012)

El concierto que ofreció X Alfonso en esta ciudad, a propósito de su gira nacional, merecía una crónica profunda. Y menciono este género periodístico porque permite manejar el lenguaje con libertad y, sobre todo, da la posibilidad de impregnarlo de elementos subjetivos, como las emociones. Sin embargo, la crónica que deseé solo habitó el universo de los sueños.

X Alfonso

Me hubiera gustado mencionar la multitud que se agolpaba en la entrada del cine Camilo Cienfuegos, de Santa Clara, para disfrutar del concierto. Cientos de personas de todas las edades, con predominio de jóvenes, formaron una masa compacta que desafió a quienes debieron haber abierto el recinto, al menos, una hora antes del comienzo del espectáculo. No obstante, nadie quedó fuera.

En la crónica habría tenido que hablar de un cine abarrotado, inquieto, alegre. Y no hubiera faltado la mención del momento en el que, por primera vez, apareció X Alfonso, quien le pidió al público que se acercara al escenario y provocó, de ese modo, una avalancha de personas que lo rodeó hasta el final. A partir de ese momento se desbordó la energía contenida en el espíritu de decenas de espectadores.

Un elemento que no hubiera pasado por alto al escribir fue el inusual conocimiento que demostró el público de las piezas del álbum Reverse, el más reciente del cantautor. La mayoría de las canciones fueron coreadas por la multitud, y ni qué decir de temas conocidos como Santa, Interrogante o Revoluxion.

En un concierto, con frecuencia, el silencio se convierte en una muestra elocuente de sensibilidad estremecida, de hermosa meditación, de bocanada de oxígeno espiritual en la atmósfera. Y así aconteció cuando en una gigantesca pantalla se proyectó una de las escenas cenitales del filme Habana Blues.

Cientos de ojos se concentraron en la intensa polémica que desarrollaban los protagonistas. Fueron alrededor de cinco minutos en los que no se oyeron aplausos, ni gritos, ni coros, ni chiflidos. Solo el silencio. Y al final X Alfonso agregó los acordes del piano para interpretar una de las piezas de la película de Benito Zambrano. Fue entonces cuando resonó una ovación.

Si hubiera escrito esa crónica, no hubiera dejado de mencionar a dos o tres personajes que miraban al resto de los espectadores como si fueran insectos repulsivos. Parecía que no entendían tanta euforia, tantos gritos y aplausos. Era evidente que, a pesar de su juventud, pertenecían a otra época —esa en la que hubieran calificado a X Alfonso y sus seguidores de «personas con problemas ideológicos».

Pero vivimos otros tiempos. Y el músico, junto a decenas de santaclareños de todas las edades, lo demostró con las incombustibles letras de sus canciones, y con rock a raudales, y rap, y rumba, y pasacalles.

Sin embargo, no escribí la crónica que merecía X Alfonso. Ojalá que con estas líneas, hasta cierto punto, haya saldado mi deuda.






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