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Silvio los barrios y la escalera

Silvio, los barrios y la escalera

Por: Roberto Reyes (4 de junio de 2012)

Los conciertos que desde hace un par de años ofrece Silvio Rodríguez en los barrios más humildes de la nación —sobre todo de La Habana— los percibo como una especie de alegoría del giro que el trovador desea que haga la sociedad cubana contemporánea. Un giro hacia la gente sencilla, de a pie: hacia los «Narcisos el Mocho», «los pintores de las mujeres soles» y los seres humanos «hechos a duras penas».

Concierto de Silvio Rodríguez en Moro-Portocarrero, Mantilla

Niños en el concierto que Silvio Rodríguez ofreció en Moro-Portocarrero, Mantilla, La Habana. Foto: Silvio Rodríguez

Es sabido que el trovador, casi con pudor ciudadano, visita los sitios apartados y se reúne con sus moradores: conversa, regala libros, se hace acompañar de amigos, escucha anécdotas y, sobre todo, canta; mientras tanto los vecinos —como quienes están bajo los efectos de un extraño hechizo— tararean las canciones, aplauden, se quedan embelesados ante la magia del arte, y sonríen, y sueñan.

El autor de Ojalá y Óleo de mujer con sombrero ha hablado —y escrito— poco acerca de estos conciertos. Otros se han ocupado de hacerlo. Mas Silvio ha preferido mostrar fotos: niños, ancianos, mujeres, jóvenes y obreros de miradas limpias, alejados de afeites y poses; caminos que difícilmente puedan ser llamados «calles»; casas maltrechas y perros que muestran en su piel todos los colores del arcoiris. A no dudarlo, son fotos estremecedoramente humanas.

''El viernes estuvimos en Moro-Portocarrero, una localidad de Mantilla, barrio extenso, intrincado, con ciertos terraplenes que hacen papel de calles y varias chabolitas que quisieran ser casas''. — Silvio Rodríguez | Segunda Cita

Así inicia Silvio Rodríguez las breves líneas que dedica a su reciente presentación en un barrio de Mantilla, en La Habana. Y si el comienzo del texto es sobrecogedor, el final no lo es menos:

''Mientras más avanzamos en estos conciertos, mientras más barrios visitamos, más me alegra haber emprendido este trabajo. Mientras más duras realidades, más buena la cultura. Mientras más necesidad, más gratitud. Y uno se va volviendo avaro de las miradas de sorpresa y el entusiasmo de los niños''. — Silvio Rodríguez | Segunda Cita

El juglar ha regresado a las raíces. Con sus conciertos, tal vez sin proponérselo, nos estimula a acudir allí donde existen «más duras realidades» y «más necesidad», porque ése —parece atestiguar Silvio— es un modo excelente de crecer como seres humanos. Y digo más: sus presentaciones en los sitios más humildes me parecen una invitación a no dejarnos tentar por las escaleras, porque desde ellas la calle nos puede parecer «más pequeña, menos dura, como de juguetería»:

Iba silbando mi trino
por una calle cualquiera
cuando a un lado del camino,
me encontré con la escalera.

Era una escala sencilla,
de rústico enmaderado,
desde la calle amarilla
hasta el rojo de un tejado.

«¿Qué se verá desde el techo?»,
dijo la voz de lo extraño.
Y, sin meditar el trecho,
le puse afán al peldaño.

La brisa me acompañaba
en el ascenso y el alma,
y mi camisa volaba
junto al sinsonte y la palma.

Mientras más ganaba altura
la calle me parecía
más pequeña, menos dura,
como de juguetería.

Y sucedió de repente
que, después de alimentarme
con la visión diferente,
sólo quedaba bajarme.

Dejé la altura en su calma,
dejé el cielo en su horizonte.
Siguió batiendo la palma,
siguió volando el sinsonte.

Me encontré con la escalera
cuando a un lado del camino,
por una calle cualquiera,
iba silbando mi trino.






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